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Hábiles
Vs. Poderosos
SPAM:
CÓMO Y POR QUÉ DE LAS RADICALES CAMPAÑAS CONTRA LA ACCIÓN
DE MARKETING POR E-MAIL
¿Todos
bienintencionados? ¿Y los más aguerridos anti-spammers comprendidos
en las generales de la ley?
Daniel I. Ginerman /
desarrollo@mailingmasivo.com /
Organización VentaNet
Montevideo, Uruguay, Agosto del 2.000
Desde
los inicios del comercio entre los hombres, la necesidad de
publicitar (de hacer que tome estado público) la oferta de
bienes o servicios entre los prospectos clientes ha dado lugar
a la creación de todo tipo de herramientas de marketing: heraldos,
carteles y carteleras, voceos, lanzamiento de rumores, concentración
de ofertas en ferias y mercados, prensa impresa, volantería
y folletería, anuncios de radio y televisión, inserts en correspondencia,
cartelería callejera, etc., han ido integrándose sucesivamente
a la cultura de mercado de nuestras sociedades, y con más
o menos resistencia, se han infiltrado en nuestra cotidianeidad.
Todos
esos medios contaron siempre con un filtro que impidió ejercer
la publicidad masiva, no a quien tuviese intención de enviar
masivamente basura, banalidad o irrelevancias molestas, sino
a quien no contase con capital para costearse un presupuesto
alto para la llegada al "gran público". El correo
electrónico es la primer herramienta de la serie histórica,
de costo operativo accesible casi a cualquiera.
Por
primera vez, entonces, tenemos la oportunidad de filtrar la
calidad de lo que se envía y se recibe; y la horizontalización
del acceso a los recursos necesarios para el envío hace que
cualquiera con buenas ideas e intenciones pueda candidatearse
a llegar con su mensaje a más gente incluso que la prensa
tradicional; en menos tiempo, y a menor costo. Y eso "hace
cosquillas".
SPAM
Término
referido a un suceso de la serie Monty Python en que una casa
de comidas incluye en todos los platos de su menú un mismo
ingrediente que es inexorable comer.
Refiere
(o debería referir) a toda la basura mediática que "nos
comemos" sin solicitar ni aceptar, toda mediocre, toda
invasiva, toda demoradora de lo que realmente estamos buscando
u aún comprando: folletería masiva en el sobre de la tarjeta
de crédito, en las ventanillas del auto al parar por un semáforo,
al caminar por el centro, y por correo común; publicidad comercial
en medio de las películas de la televisión paga; avisos estampados
en la ropa sport que compramos, en los juguetes de nuestros
hijos; ruido infernal desde parlantes por las calles de cualquier
ciudad; cartelería como segunda piel de todo el paisaje urbano
dando a todo un aspecto de utilería provisoria; y mil etcéteras.
En
definitiva, SPAM es conceptualmente basura de recepción ineludible
salvo que logremos positivamente bloquear su acceso a nosotros,
o el acceso de quien la envía a los recursos imprescindibles
para hacerlo.
De
uso, el sentido de SPAM se ha distorsionado de modo completamente
perverso. Restringido en su gama de medios a únicamente el
último de ellos (el correo electrónico), se ha ampliado hasta
el infinito del absurdo el rango cualitativo de actos comunicativos
que abarca. Hoy por hoy, algunos miopes obsesos en posición
de mayor o menor liderazgo tecnológico, han esparcido la condena,
dentro del mismo paquete de SPAM, contra todo mensaje enviado
a quien no lo solicitó (es la fórmula de un bucle de imposibilidades,
en el que yo le envío a alguien un mensaje preguntándole si
está dispuesto a recibir un mensaje mío, y me denuncia por
spam por ese primer mensaje que le envié).
Estos
miopes obsesos son, en general, nerds tecnómanos que por alguna
mutación han sido privados de entender nada sino en términos
de cantidad. Y sólo ven números.
Y
es fuera de los números donde el sentido común adopta inmediatamente
toda una gama de variables diferenciales que determinan un
carácter distinto para cada tipo de mensajes "no solicitados",
tanto en el correo electrónico como en casi todos los otros
medios.
SPAM y no SPAM: basura y valor
agregado
Está,
por una parte, también en el correo electrónico, la misma
expansiva proliferación de basura a secas de que no se salva
-y vaya si no se salva- ni la prensa tradicional. Opiniones
altruistas pero estúpidas de infinidad de proyectos de profeta
o gurú que deciden compartirlas con todo el resto de los mortales
y de paso marketinear alguna banalidad. Mercaderes burdos
y toscos habituados a la fuerza bruta y la trampa amoral en
el juego del dinero, que llenan millones de direcciones compradas,
de mensajes tipo "comprá ésto": sin servicio, sin
aporte de valor alguno, sin más que el robo de unos instantes
al estilo del SPAM en todos los otros medios ya mencionados.
Están los inútiles que quieren ser vándalos que inventan cadenas
de correo jugando con la sensibilidad, la ambición y la credulidad
de la gente. Y están los que cuando tienen una duda de cualquier
tipo la envían a cantidades tremendamente desmesuradas de
gente, generando confusión. Y hay más.
Todos
ellos desvirtúan al correo electrónico como herramienta de
comunicación, como las tandas de anuncios de largo abusivo
debilitan la usabilidad placentera de la televisión como herramienta
de información o esparcimiento.
Del
otro lado, se encuentra la generación de valor por medio de
la distribución de correo electrónico, accesible a través
del cumplimiento de varias condiciones que clasificamos provisoriamente
así:
1.
respeto por el receptor del mensaje:
filtrar
correctamente las bases de datos para evitar envíos duplicados
a ningún usuario; no enviar mensajes que por su formato u
tamaño puedan dañar de algún modo a quien los recibe; no redundar
con mensajes idénticos o equivalentes a los mismos usuarios;
dar la posibilidad al receptor de decidir no recibir en lo
sucesivo ningún mensaje de los generados o vehiculizados por
nosotros.
2.
respeto y agradecimiento al receptor por su apertura a
nuestro mensaje y por su tiempo: acción altruista o entrega
de valor:
Algo
hay que entregar a cambio de, quizá, estar fastidiándolo con
algo que no le importa; es una deuda generada por nuestra
propia iniciativa.
El
valor puede ser estético, técnico (en ambos casos, manifiesto
en la presentación del mensaje, en las herramientas utilizadas
para su creación y proceso, en el buen gusto evidente en su
construcción); comercial; puede radicar en información de
alto valor agregado e interés mayoritario en el conjunto de
receptores; puede ser económico (dinero real, créditos al
estilo "millaje", acceso a promociones o servicios
de valor real, etc.), e incluso espiritual. Indefectiblemente
hay que entregar valor.
3.
respeto por la confianza del receptor: probidad y solvencia
en la presentación de la oferta y en la oferta misma.
De
haber una oferta de cualquier tipo en el mensaje, debe haber
sido exhaustivamente comprobada la veracidad, sustentabilidad,
honestidad y continuidad de la misma. Antes de enviar cualquier
mensaje ofreciendo algo, debemos estar a conciencia plena
seguros de que no estaremos esquilmando en modo alguno a los
receptores de nuestro mensaje. Asimismo, igual de solvente
y honesta al tiempo que esmerada, debe ser la presentación
de la oferta en nuestro mensaje. Sin términos confusos, y
construida del modo más amable y gratificante por bello que
nos sea posible y viable en cada caso.
4.
respeto por la proyección posible de la comunicación generada.
Un
uso arraigado entre los bípedos civilizados consiste en responder
a la correspondencia recibida. Antes de remitir ningún mensaje
a un conjunto de direcciones de e-mail, y a partir de estudios
estadísticos, nos aseguramos de ser capaces de responder a
las consultas, críticas, agradecimientos, agravios, solicitudes,
amenazas, sugerencias y pedidos que el receptor del mensaje
pueda querer hacernos llegar. Debemos instrumentar, de acuerdo
a los requerimientos de cada proyecto, sistemas de autoresponders,
consultas con chat en línea en horarios parciales o completos,
sitios web con respuestas preformuladas a las consultas probables,
líneas de teléfono y servicios de messaging dedicados a la
atención del receptor de nuestro mensaje.
Con
todos estos recaudos real y eficazmente tomados, y más allá
de lo que gusten alarir los miopes obsesos, el envío de mensajes
electrónicos a conjuntos de usuarios que "no los han
solicitado expresamente" es no sólo un acto lleno de
respeto, moralmente válido y potencialmente beneficioso para
todas las partes, sino que estadísticamente genera una cantidad
despreciable de protestas frente a respuestas positivas en
cantidad y calidad de excelente nivel. Aquí están, al final
del proceso y de todos modos, las evidencias numéricas que
los miopes reclaman para la refutación final de sus pretensiones
absurdas.
El valor social de la comunicación y el sentido último
de la red
Fuera
de todas las diferencias trazadas en estos párrafos entre
la basura que por todas partes nos acosa y la generación de
valor para el propio usuario por vía de la distribución de
correo electrónico, hay otra precisión de enorme importancia
que hace a la horizontalización del acceso a los recursos
para el desarrollo a nivel de la sociedad toda.
Siempre,
a lo largo de toda la historia de la civilización, el acceso
a la comunicación masiva, y con ella al liderazgo de opinión
y de consumo, estuvo en manos de élites generalmente poco
escrupulosas, predefinidas en base a la indiferente brutalidad
del dinero u de las armas y la fuerza. Y esta aseveración
vale para el mercado, para el desempeño de la democracia,
para la moda, para la manipulación de la moral imperante.
El
correo electrónico nos brinda la primer oportunidad en la
historia de la civilización, en que cualquiera, sea cual fuere
la magnitud de su capital (y salvo extremos de inconectabilidad
a la red), con ingenio y esfuerzo y contando con algo que
decir, puede llegar directamente a todo el gran público que
le estuvo vedado siempre de modo injusto, coactivo y por la
mera fuerza de un statu quo que los sistemas de poder se cuidaron
bien de mantener y sostener.
Puedo
clickear "send" y, si supe hacerme de la base de
datos adecuada, hacer llegar esta suerte de manifiesto por
la razón y la sensatez a varios miles de medios de comunicación
tradicionales. Y si tomé todos los recaudos pertinentes en
un acto de respeto y amor, no sólo no estará mal lo que haré
sino que, aunque siempre sepamos a quiénes hará cosquillas,
y aunque (o porque) desequilibre varias balanzas que alguien
nos quiere convencer de que están bien como están, será enormemente
sano para la sociedad en pleno: comercial, política, económica,
moral y espiritualmente.
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